jueves, 19 de marzo de 2020

Groucho Marx – Groucho y yo –


"Uno de mis amigos íntimos era soltero convencido. Lo mismo que todos los que ha tenido la suerte de escapar a las redes matrimoniales, se burlaba del matrimonio y ridiculizaba sus pretendidos encantos. Lleno de beligerancia, iba con frecuencia gritando por todas partes que era inmune a los tan jaleados atractivos del otro sexo.

-He visto amigos míos –me dijo un día- que se dejaron pescar, y después de unos pocos años, ¿qué es lo que podían mostrar? ¡Profundas arrugas, niños y deudas! La mayoría de ellos están tan desmoralizados que no son más que un fantasma del hombre que yo había conocido. Ninguna mujer conseguirá atraparme –se jactó-. El matrimonio es para os idiotas. Yo soy demasiado listo. Soy un lobo solitario. ¡Me gusta estar solo!

No mucho después de ese día recibí el anuncio de su próxima boda. Unos cuantos días más tarde, recibí la inevitable invitación a una despedida de soltero que sus numerosos amigos le dedicaban. Para aquellos que no estén familiarizados con esta humillación semi-pública, el principal motivo de una despedida de soltero –aparte de emborracharse-, es dar a los amigos casados de la víctima la oportunidad no sólo de escapar de sus esposas por una noche, sino de pasar unas horas regocijándose ante las inminentes desdichas del pobre diablo.

La invitación llevaba la dirección de un famoso restaurante de Nueva York, cuyo nombre omito por cuestiones legales. Tenía cinco plantas y cinco comedores distintos. Al responsable de la invitación hice notar que el espectáculo en que trabajábamos por entonces no terminaba hasta las once, pero prometí que Harpo y yo haríamos acto de presencia tan pronto como nos fuese posible. Ese restaurante tenía un ascensor automático. No había antesala o vestíbulo entre el comedor y el ascensor en cada piso. Se apretaba un botón, el ascensor subía hasta el piso indicado, las puertas se abrían y ya se estaba en el comedor.

Harpo y yo ideamos una treta brillante. Cada uno de nosotros llevaría una maleta, y al meternos en el ascensor nos despojaríamos de nuestros vestidos. Luego guardaríamos la ropa en la maleta. Cuando el ascensor llegara el piso donde se celebraba la reunión, las puertas se abrirían y nosotros saldríamos como Dios nos trajo al mundo y tocados con nuestros sombreros de paja, portando las maletas. Esto iba a provocar sonoras carcajadas. Además de ser divertido, causaría impresión. Apenas si podíamos resistir la espera.

Cuando las puertas del ascensor se descorrieron, los dos bromistas hicimos nuestra entrada apoteósica. Pero algo había salido mal. En lugar de las sonoras carcajadas masculinas que habíamos previsto, tres mujeres se desmayaron y el resto empezó a llamar a gritos a l policía. Por lo visto, varias amigas de la novia daban aquella misma noche una cena en el piso superior. En nuestra precipitación, nos habíamos equivocado al oprimir el botón del ascensor.

Presos del pánico, dimos media vuelta, pero se trataba de una puerta automática y ya se había cerrado silenciosamente a nuestras espaldas. (…) El maître acabó por venir en socorro nuestro. Cogió apresuradamente dos manteles y corrió hacia nosotros. Nos envolvimos en ellos y con sonrisas confusas y enfermizas dirigidas a las ultrajadas damas fuimos conducidos hacia la escalera por un botones. Cerrando la marcha iba el maître con nuestras maletas.

Ni Harpo ni yo fuimos invitados a la boda."

Groucho Marx – Groucho y yo – Tusquets Editores

 

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