"Uno de mis amigos íntimos era soltero convencido. Lo mismo
que todos los que ha tenido la suerte de escapar a las redes matrimoniales, se
burlaba del matrimonio y ridiculizaba sus pretendidos encantos. Lleno de
beligerancia, iba con frecuencia gritando por todas partes que era inmune a los
tan jaleados atractivos del otro sexo.
-He visto amigos míos –me dijo un día- que se dejaron
pescar, y después de unos pocos años, ¿qué es lo que podían mostrar? ¡Profundas
arrugas, niños y deudas! La mayoría de ellos están tan desmoralizados que no
son más que un fantasma del hombre que yo había conocido. Ninguna mujer
conseguirá atraparme –se jactó-. El matrimonio es para os idiotas. Yo soy
demasiado listo. Soy un lobo solitario. ¡Me gusta estar solo!
No mucho después de ese día recibí el anuncio de su próxima
boda. Unos cuantos días más tarde, recibí la inevitable invitación a una
despedida de soltero que sus numerosos amigos le dedicaban. Para aquellos que
no estén familiarizados con esta humillación semi-pública, el principal motivo
de una despedida de soltero –aparte de emborracharse-, es dar a los amigos
casados de la víctima la oportunidad no sólo de escapar de sus esposas por una
noche, sino de pasar unas horas regocijándose ante las inminentes desdichas del
pobre diablo.
La invitación llevaba la dirección de un famoso restaurante
de Nueva York, cuyo nombre omito por cuestiones legales. Tenía cinco plantas y
cinco comedores distintos. Al responsable de la invitación hice notar que el
espectáculo en que trabajábamos por entonces no terminaba hasta las once, pero
prometí que Harpo y yo haríamos acto de presencia tan pronto como nos fuese
posible. Ese restaurante tenía un ascensor automático. No había antesala o vestíbulo
entre el comedor y el ascensor en cada piso. Se apretaba un botón, el ascensor subía
hasta el piso indicado, las puertas se abrían y ya se estaba en el comedor.
Harpo y yo ideamos una treta brillante. Cada uno de nosotros
llevaría una maleta, y al meternos en el ascensor nos despojaríamos de nuestros
vestidos. Luego guardaríamos la ropa en la maleta. Cuando el ascensor llegara
el piso donde se celebraba la reunión, las puertas se abrirían y nosotros
saldríamos como Dios nos trajo al mundo y tocados con nuestros sombreros de
paja, portando las maletas. Esto iba a provocar sonoras carcajadas. Además de
ser divertido, causaría impresión. Apenas si podíamos resistir la espera.
Cuando las puertas del ascensor se descorrieron, los dos
bromistas hicimos nuestra entrada apoteósica. Pero algo había salido mal. En
lugar de las sonoras carcajadas masculinas que habíamos previsto, tres mujeres
se desmayaron y el resto empezó a llamar a gritos a l policía. Por lo visto,
varias amigas de la novia daban aquella misma noche una cena en el piso
superior. En nuestra precipitación, nos habíamos equivocado al oprimir el botón
del ascensor.
Presos del pánico, dimos media vuelta, pero se trataba de
una puerta automática y ya se había cerrado silenciosamente a nuestras espaldas.
(…) El maître acabó por venir en socorro nuestro. Cogió apresuradamente dos
manteles y corrió hacia nosotros. Nos envolvimos en ellos y con sonrisas
confusas y enfermizas dirigidas a las ultrajadas damas fuimos conducidos hacia
la escalera por un botones. Cerrando la marcha iba el maître con nuestras
maletas.
Ni Harpo ni yo fuimos invitados a la boda."
Groucho Marx – Groucho y yo – Tusquets Editores

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