"Hice algo que no había hecho antes. Llamé a la puerta de la
habitación de mi hija Audrey. Estaba sorprendida de verme, pero me invitó a
entrar. Ella y sus amigas de natación
estaban jugando a las cartas y mirando la televisión.
- Cuando tenía su edad –dije- yo también era deportista –
Los ojos de Audrey se abrieron como platos-.
Chicas, son muy afortunadas y bonitas. Saben lo que es tener un cuerpo
fuerte. Trabajar duro. Ser un equipo.
Les digo lo que me dijo mi profesora de ballet hacía una
eternidad: “Todo el éxtasis de nuestra vida vendrá del interior”. Les di las
buenas noches y empecé a salir por la puerta, pero antes de abandonar la
habitación, hice un “grand Battement”. A Audrey le brillaron los ojos de
orgullo. Sus amigas aplaudieron y vitorearon. Ya no era la madre silenciosa con
acento raro. Era la artista, la atleta, la madre a la que su hija admiraba."

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