viernes, 10 de julio de 2020

Guillermo Cabrera Infante - Mapa dibujado por un espía –

Cuando niño, que era él un candor entusiasta pero inexperto, solía cazar pájaros en un solar no lejos de la casa, en el campo, dondequiera. Siempre eran mayores las intenciones que los logros y mataba muy pocos pájaros a pesar de sus excelentes tiraflechas. Un día en que había ido con su abuela a una finca lejana, se quedó fuera de la casa tratando de cazar y vio a un totí que viajaba hacia un cactus tupido y supo que ahí tenía su nido. Se acercó y comprobó que había varios pichones en el nido y con su tiraflechas nuevo comenzó a tirar a los pajaritos sin hacer caso del piar de la madre que revoloteaba inconsolable alrededor del nido. Mató a todos los pichones o creyó que los había matado a todos. Lo cierto es que cuando pasó la fiebre cazadora se sintió terriblemente culpable y se escondió detrás de la casa vivienda hasta que su abuela terminó la visita. Regresaron al pueblo y él todavía se sentía mal. A los pocos días su hermana recién nacida murió de una infección umbilical y él creyó que esta muerte era un castigo por su matanza de pájaros. Desde ese día dejó de cazar. Pero ahora, en el patio de la embajada, había hecho nido una urraca, y Jacqueline Lewy se lo vino a decir. Fue él a ver el nido y Jacqueline le advirtió que no lo moviera pues la urraca abandonaría a sus hijos si sabía que alguien había andado cerca. Pero él, por ver los pichones, dobló el arbusto en que estaban, inclinando el nido hacia un lado. A los pocos días vino la criada a informarle que todos los pichones habían muerto, abandonados. Se sintió realmente culpable por ello y durante días esperó el castigo adecuado a su culpa.



miércoles, 8 de julio de 2020

François-René de Chateaubriand - Memorias de ultratumba (libros XIII-XXIV)

EN QUÉ PUNTO SE HALLAN MIS MEMORIAS
    Me ha sucedido lo que a todo empresario que trabaja a gran escala: he levantado, en primer lugar, los pabellones de los extremos, luego, desplazando y recolocando aquí y allá mis andamios, he subido la piedra y el cemento de las construcciones intermedias; se requerían varios siglos para terminar las catedrales góticas. Si el cielo me concede seguir viviendo, el monumento estará acabado en varios años, el arquitecto, siempre el mismo, sólo habrá cambiado de edad. Por lo demás, es un suplicio conservar intacto el propio ser intelectual, aprisionado en una envoltura material gastada. San Agustín, al sentir deshacerse su arcilla, le decía a Dios: «Sirve de tabernáculo a mi alma»; y él les decía a los hombres: «Cuando me hayáis conocido en este libro, rezad por mí.»
    Hay que calcular treinta y seis años entre las cosas que dan comienzo a mis Memorias y las que me ocupan ahora. ¿Cómo reanudar con cierto entusiasmo la narración de un asunto lleno en otro tiempo para mí de pasión y de fuego, cuando ya no están vivos aquellos con quienes voy a conversar, cuando se trata de despertar efigies heladas en el fondo de la Eternidad, de descender a un fúnebre panteón para simular la vida? ¿No estoy yo mismo casi muerto? ¿No han cambiado mis opiniones? ¿Veo las cosas desde el mismo punto de vista? Estos acontecimientos personales que tanto me turbaban, los acontecimientos generales y prodigiosos que les acompañaron o les han seguido, ¿no han disminuido de importancia a los ojos del mundo, así como a los míos propios? Quienquiera que prolonga su vida siente enfriarse sus horas; no encuentra ya al día siguiente el interés que sentía la víspera. Cuando buceo en mis pensamientos, hay nombres, y hasta personajes, que escapan a mi memoria y, sin embargo, hicieron quizá palpitar mi corazón: ¡vanidad del hombre que olvida y es olvidado! No basta con decir a los sueños, a los amores: «¡Renaced!» para que renazcan; no se puede abrir la región de las sombras más que con la rama de oro, y para cogerla hace falta una mano joven.


François-René de Chateaubriand - Memorias de ultratumba (libros XIII-XXIV) – Editorial Acantilado

Edith Eger - La Bailarina de Auschwitz.

"Hice algo que no había hecho antes. Llamé a la puerta de la habitación de mi hija Audrey. Estaba sorprendida de verme, pero me inv...