jueves, 13 de febrero de 2020

Dinko Bertoncelj -Las Montañas de mi vida – 60 años de esquí y escalada –


“La falta de oxígeno, el cansancio, los pies congelados y la tensión hicieron que el descenso sea similar al calvario. Pero llegó el milagro… Encontramos el crampón caído, que volvió a su zapato y con ello el descenso se normalizó.

Llegamos al Campamento 6 en el Dhaulagiri y allí nos esperaba el sherpa Phurba Lobsang, que tenía problemas en la vista producto de la radiación solar. Nos preparó OVO-MALTINA CALIENTE. Dos de los sherpas que bajaron conmigo se refugiaron en la carpa para descansar. Yo tenía ganas de hacer lo mismo, pero sabía que tenía que bajar mucho más. El tercer sherpa que descendió con nosotros, Gyalgen, también tenía que seguir descendiendo, pues tenía graves signos de congelamiento.

Lo até a mi cuerda y le ordené bajar. Asimismo le di dos pastillas de Pervitín y yo mismo tomé una. Esta droga es peligrosa, pero era necesaria para descender los mil metros de desnivel que nos separaban del campamento inferior.

Mientras daba seguro escuché un grito y vi como el sherpa bajó a mi lado deslizando por la nieve. Me afirme con todas las fuerzas sobre la piqueta que soportó el tirón. Gyalgen no sufrió ningún golpe. Continuamos el descenso, llegando al anochecer al campamento Cinco. Estaba deshabitado.

Continuamos el descenso. Sabíamos que en el Campamento Cuatro estaba el médico y nuestros compañeros. Teníamos que llegar hasta allí. Agotados, caminamos como dos autómatas. Las pastillas fueron lo único que nos mantenía de pie.

La visibilidad era muy poca y ello motivó algunas caídas a grietas. Gracias a Dios ninguna importante, pero salir de ellas nos agotó aún más. Cuando comenzamos a desesperarnos la neblina nos envolvió. Descendimos literalmente ciegas. Comencé a pensar que puede llegar a ocurrir si no localizamos el campamento. N estábamos en condiciones de soportar un vivac….

En determinado momento encontramos huella, en nieve dura. Esto nos espabiló e inyectó renovados ánimos. Al menos, sabíamos que estábamos descendiendo en la dirección correcta. No obstante, la huella volvió a perderse en la nieve honda y la niebla.

El descenso se hizo eterno. Habíamos perdido la noción del tiempo. Solo el instinto de supervivencia nos impulsaba a seguir caminando. Nos dimos ánimo mutuamente. Sabíamos que no podíamos detenernos. Ello sería fatal.

Finalmente, milagrosamente, llegamos al campamento."

 Dinko Bertoncelj -Las Montañas de mi vida – 60 años de esquí y escalada – Editorial Caleuche



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