“La falta de oxígeno, el cansancio, los pies congelados y la
tensión hicieron que el descenso sea similar al calvario. Pero llegó el milagro…
Encontramos el crampón caído, que volvió a su zapato y con ello el descenso se
normalizó.
Llegamos al Campamento 6 en el Dhaulagiri y allí nos
esperaba el sherpa Phurba Lobsang, que tenía problemas en la vista producto de la
radiación solar. Nos preparó OVO-MALTINA CALIENTE. Dos de los sherpas que
bajaron conmigo se refugiaron en la carpa para descansar. Yo tenía ganas de
hacer lo mismo, pero sabía que tenía que bajar mucho más. El tercer sherpa que
descendió con nosotros, Gyalgen, también tenía que seguir descendiendo, pues
tenía graves signos de congelamiento.
Lo até a mi cuerda y le ordené bajar. Asimismo le di dos
pastillas de Pervitín y yo mismo tomé una. Esta droga es peligrosa, pero era
necesaria para descender los mil metros de desnivel que nos separaban del
campamento inferior.
Mientras daba seguro escuché un grito y vi como el sherpa
bajó a mi lado deslizando por la nieve. Me afirme con todas las fuerzas sobre
la piqueta que soportó el tirón. Gyalgen no sufrió ningún golpe. Continuamos el
descenso, llegando al anochecer al campamento Cinco. Estaba deshabitado.
Continuamos el descenso. Sabíamos que en el Campamento Cuatro
estaba el médico y nuestros compañeros. Teníamos que llegar hasta allí.
Agotados, caminamos como dos autómatas. Las pastillas fueron lo único que nos
mantenía de pie.
La visibilidad era muy poca y ello motivó algunas caídas a
grietas. Gracias a Dios ninguna importante, pero salir de ellas nos agotó aún
más. Cuando comenzamos a desesperarnos la neblina nos envolvió. Descendimos literalmente
ciegas. Comencé a pensar que puede llegar a ocurrir si no localizamos el
campamento. N estábamos en condiciones de soportar un vivac….
En determinado momento encontramos huella, en nieve dura.
Esto nos espabiló e inyectó renovados ánimos. Al menos, sabíamos que estábamos descendiendo
en la dirección correcta. No obstante, la huella volvió a perderse en la nieve
honda y la niebla.
El descenso se hizo eterno. Habíamos perdido la noción del
tiempo. Solo el instinto de supervivencia nos impulsaba a seguir caminando. Nos
dimos ánimo mutuamente. Sabíamos que no podíamos detenernos. Ello sería fatal.
Finalmente, milagrosamente, llegamos al campamento."
Dinko Bertoncelj -Las Montañas de mi vida – 60 años de esquí y
escalada – Editorial Caleuche

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