"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba
aquellas tierras altas a un
centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante
el día te sentías a una gran
altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana
y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.
La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo.
No era ni excesivo ni
opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia
de un continente. Los colores
eran secos y quemados, como los colores en
cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los
árboles de Europa; no crecían
en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales,
y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire
romántico y heroico, como
barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña
apariencia, como si el bosque
entero vibrase ligeramente."
Isak Dinesen - Memorias de África – Editorial Alfaguara

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