“Tienes sesenta y tres años. Rara vez, en el largo trayecto
desde tu infancia hasta hoy, ha habido un momento en que no estuvieras
enamorado. Treinta años de matrimonio, pero en los treinta años anteriores,
¿cuántos caprichos y enamoramientos, cuántos afanes y ardores, cuántos delirios
de loco deseo? Desde que tienes conciencia has sido un esclavo solícito de
Eros. Las chicas que amaste de niño, las mujeres que amaste de hombre, cada una
diferente a las demás, alguna altas, otras bajas, algunas esbeltas, otras
pulposas, intelectuales, deportistas, sociables, solitarias, blancas, negras,
algunas asiáticas, nunca fue la apariencia lo que te importaba realmente, sino
la luz interior que detectabas en ellas, la chispa de la singularidad, el
fulgor de su identidad revelada, esa luz la hacía bella para ti, aunque para
los demás fuera invisible esa belleza. Ardías por estar con ella, lo más cerca
posible de ella, porque la belleza femenina es algo a lo que nunca te has
podido resistir. Ya en el jardín de infantes te enamoraste desde el primer día
de la niña rubia de larga cola de caballo. La maestra, la señorita Sandquist,
los castigaba a menudo por esconderse juntos a hacer travesuras, pero esos
castigos no significaban nada para ti porque estabas enamorado, porque el amor
era tu debilidad, como lo sigue siendo ahora.”
Paul Auster- Diario de Invierno – Editorial Six
Barral

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