"Creo que fue cuando tenía dieciséis años. Aguardé a que
todos se hubieran marchado de la casa, me desnudé ante un gran espejo y me puse
a observar minuciosamente mi cuerpo. Fui anotando en una lista, una por una,
todas las cosas de mi cuerpo que (me parecía) estaban un poco por debajo de la
medio. Por ejemplo (y esto no es más que un ejemplo), mis cejas estaban
demasiado pobladas, las unas de mis manos no eran bonitas, y cosas por el
estilo. Recuerdo que encontré, en total, veintisiete. Al llegar a ese número,
me sentí fatal y dejé de explorarme. Si tomando sólo las partes visibles de mi
anotomía, pensé, encontraba tantas cosas un poco por debajo de la media, al
explorar otras regiones (como la personalidad, el juicio o la capacidad
física), la lista nunca acabaría.
Claro está que a los dieciséis años, como sin duda todos
ustedes ya saben, es una edad excepcionalmente problemática. En ella nos
preocupamos por menudencias, no vemos con objetividad la posición en la que nos
encontramos y nos crecemos o nos acomplejamos ente cualquier tontería. A medida
que cumplimos años, y a fuerza de errores, vamos quedándonos con lo que hay que
quedarse y descartando lo que hay que descartar; hasta que adquirimos el
siguiente conocimiento (o alcanzamos el estado de resignación): si nos ponemos
a contar defectos y carencias, no acabaremos nunca, pero algo bueno tendremos
también, y no hay más remedios que apañárnoslas e ir tirando con lo que
tenemos."
Haruki Murakami – De qué hablo cuando hablo de correr – Tusquets
Editores

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