"En nuestros safaris y en la granja mi conocimiento de los nativos llegó
a convertirse en una relación estable y personal. Éramos buenos amigos. Acepté
el hecho de que nunca llegaría a conocerles ni a entenderles del todo, mientras
que ellos me conocían perfectamente y sabían qué decisión iba a tomar antes de
que yo misma estuviera segura. Durante algún tiempo tuve una pequeña granja
allá arriba, en Gil Gil, donde vivía en una tienda de campaña y viajaba por
ferrocarril entre Gil Gil y Ngong. En Gil Gil a lo mejor decidía de pronto
volver a casa cuando comenzaba a llover, pero cuando llegaba a Kikuyu, que era
nuestra estación en la línea de ferrocarril, y desde donde había diez millas
hasta la granja, uno de los míos estaba allí, con una mula, para que hiciera el
camino cabalgando. Cuando les preguntaba cómo sabían que iba a bajar, miraban
para otro lado, parecían sentirse incómodos, asustados o aburridos, de la
misma manera que nos sentiríamos nosotros si una persona sorda se empeñara en
que le explicáramos una sinfonía."
Isak Dinesen - Memorias de África – Editorial Alfaguara

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