viernes, 10 de julio de 2020

Guillermo Cabrera Infante - Mapa dibujado por un espía –

Cuando niño, que era él un candor entusiasta pero inexperto, solía cazar pájaros en un solar no lejos de la casa, en el campo, dondequiera. Siempre eran mayores las intenciones que los logros y mataba muy pocos pájaros a pesar de sus excelentes tiraflechas. Un día en que había ido con su abuela a una finca lejana, se quedó fuera de la casa tratando de cazar y vio a un totí que viajaba hacia un cactus tupido y supo que ahí tenía su nido. Se acercó y comprobó que había varios pichones en el nido y con su tiraflechas nuevo comenzó a tirar a los pajaritos sin hacer caso del piar de la madre que revoloteaba inconsolable alrededor del nido. Mató a todos los pichones o creyó que los había matado a todos. Lo cierto es que cuando pasó la fiebre cazadora se sintió terriblemente culpable y se escondió detrás de la casa vivienda hasta que su abuela terminó la visita. Regresaron al pueblo y él todavía se sentía mal. A los pocos días su hermana recién nacida murió de una infección umbilical y él creyó que esta muerte era un castigo por su matanza de pájaros. Desde ese día dejó de cazar. Pero ahora, en el patio de la embajada, había hecho nido una urraca, y Jacqueline Lewy se lo vino a decir. Fue él a ver el nido y Jacqueline le advirtió que no lo moviera pues la urraca abandonaría a sus hijos si sabía que alguien había andado cerca. Pero él, por ver los pichones, dobló el arbusto en que estaban, inclinando el nido hacia un lado. A los pocos días vino la criada a informarle que todos los pichones habían muerto, abandonados. Se sintió realmente culpable por ello y durante días esperó el castigo adecuado a su culpa.



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