"Mi padre también consideraba que un señor no debía pagar un alquiler ni vivir en una casa que
no fuese la suya propia, y por
tanto hacía todo lo posible para que pudiésemos
comprar una. Sin embargo, pasaron tres lustros
hasta que lo consiguió. A la «casa de propiedad»
yo ya sólo iba de visita, pues estudiaba fuera
de la ciudad, y no tengo ningún recuerdo agradable
de aquella casa inútilmente grande, casi suntuosa.
Mi infancia había transcurrido en los pisos de
alquiler. Cuando pienso en la palabra «hogar», veo el enorme patio del edificio de la calle Fo,
los largos pasillos colgantes
con sus barandillas, el artilugio para
desempolvar las alfombras y el pozo con bomba eléctrica.
En el fondo era una casa fea y deforme; nadie
sabía cómo había llegado hasta allí y sus habitantes
no mantenían relaciones de amistad; en realidad
ni siquiera eran buenos vecinos. Estaban divididos
por castas, clases o religión. En las casas antiguas,
en las de una sola planta, aún vivían familias
con todos sus miembros, que eran amigos o enemigos
pero que tenían una relación inevitable con todos
los demás, tenían algo en común."
Sandor Marai - Confesiones de un burgués- Editorial
Salamandra

No hay comentarios:
Publicar un comentario